La navidad: «la época más feliz del año»

La Navidad, es «la época más feliz del año» por lo que, parece obligatorio sonreír y disfrutar. Sin embargo, desde la psicología sabemos que no todas las personas viven estas fechas de la misma manera. Las emociones que despierta la Navidad dependen en gran medida de nuestras experiencias pasadas y de los acontecimientos recientes que marcan nuestra vida.

En la infancia, solemos asociar la Navidad con vacaciones, regalos y momentos de ilusión, lo que facilita que predominen las emociones agradables. Al llegar a la adultez, la realidad cambia: la ansiedad navideña se convierte en protagonista, alimentada por el cierre de proyectos laborales, los compromisos sociales, las comidas y la presión de las compras. A esto se suman las expectativas poco realistas sobre lo que “deberíamos” sentir, lo que genera frustración y, en muchos casos, un profundo sentimiento de soledad. El final del año también invita a hacer balance. Compararnos con los demás puede acentuar la percepción de carencias personales, mientras que, la presión consumista nos lleva a creer que el amor se mide por la cantidad y calidad de los regalos. Todo ello puede convertir la Navidad en un periodo de emociones contradictorias: ilusión y añoranza, tristeza y esperanza, culpa y alegría, vergüenza y gratitud.

Las vivencias individuales marcan la forma en que cada persona se relaciona con estas fiestas. Pérdidas familiares, conflictos de pareja o la distancia con seres queridos pueden teñir la Navidad de melancolía. Por eso, desde la psicología es fundamental recordar que no existe una manera “correcta” de vivir estas fechas. Aceptar nuestras emociones, incluso las más incómodas, es un primer paso para gestionarlas de forma sana. No se trata de estar siempre felices, sino de permitirnos sentir y cuidar nuestro bienestar emocional.

Practicar el autocuidado, establecer límites en los compromisos sociales, evitar comparaciones y buscar apoyo cuando lo necesitemos son estrategias que ayudan a vivir la Navidad con mayor serenidad. En definitiva, la clave está en reconocer que la salud mental también merece atención en estas fiestas, y que la verdadera esencia de la Navidad no se mide en regalos, sino en la capacidad de conectar con nosotros mismos y con quienes nos rodean.