Hay personas que viven con una voz interna que les dice constantemente: “podrías haberlo hecho mejor”, “no fue suficiente”, “no te lo mereces todavía”. Esa voz, que muchas veces se confunde con motivación o exigencia sana, es en realidad una forma de perfeccionismo que desgasta, bloquea y duele.
El perfeccionismo no es querer hacer las cosas bien. Es sentir que nunca se hacen lo suficientemente bien. Es vivir con miedo al error, con la sensación de que fallar es fracasar como persona. Y eso, poco a poco, va apagando la alegría, la espontaneidad y la conexión con una misma.
¿Cómo se manifiesta el perfeccionismo?
- Te cuesta empezar algo si no estás segura de que saldrá perfecto.
- Te exiges más que a nadie, incluso cuando ya estás agotada.
- Te cuesta celebrar tus logros, porque siempre ves lo que faltó.
- Sientes que si no lo haces tú, no estará bien hecho.
- El descanso te genera culpa.
¿De dónde viene esta exigencia?
El perfeccionismo suele tener raíces profundas. A veces nace en la infancia, cuando aprendimos que el cariño o el reconocimiento llegaban solo si “lo hacíamos bien”. Otras veces se alimenta de un entorno competitivo, de mensajes sociales que nos dicen que debemos ser productivas, exitosas, impecables. Lo cierto es que nadie puede sostener eso sin romperse un poco por dentro.
¿Qué podemos hacer?
En terapia, trabajamos para que esa voz interna se suavice. Para que puedas mirarte con más compasión, para que el error deje de ser una amenaza y se convierta en parte del camino. No se trata de dejar de esforzarte, sino de aprender a hacerlo desde el cuidado, no desde la exigencia. Además, trabajamos esas experiencias que nos han llevado a asumir estas afirmaciones como válidas y fiables.
Algunas claves que pueden ayudarte:
- Cuestiona tus creencias: ¿de verdad necesitas hacerlo perfecto para que valga?
- Celebra lo que sí hiciste: aunque no haya salido como esperabas.
- Permítete descansar sin culpa: el descanso también es parte del proceso.
- Habla contigo como hablarías con alguien que quieres: con ternura, con paciencia.
No tienes que demostrar nada para merecer descanso, amor o reconocimiento. No tienes que ser perfecta para ser suficiente. Y si esa idea te cuesta, quizás es momento de pedir ayuda. En terapia, podemos trabajar juntas para que esa exigencia se transforme en cuidado. Para que empieces a vivir desde el permiso, no desde la presión.